En el contexto actual se fomenta la inmediatez y el exceso, tanto en los vínculos como en la productividad de mercado. La necesidad de rendimiento constante y la velocidad de la vida cotidiana se instituyen como pilares fundamentales de la época.
En este marco, se produce lo que se da a conocer como la “sociedad del cansancio” (término acuñado por el filósofo Byung Chul Han), donde el individuo se convierte en su propio amo y esclavo, en pos de un nivel de rendimiento imposible de alcanzar, que agota física y mentalmente.
El sujeto contemporáneo se enfrenta a una crisis de adaptación derivada de las exigencias de la hipermodernidad, lo que propicia un estado de frustración crónico, basado en una marcada fragilidad afectiva que, al conjugarse con la persecución de una satisfacción inmediata inalcanzable, genera efectos devastadores, hasta los casos extremos sintomatológicos del aumento de los niveles de estrés y ansiedad, el burnout y la depresión.
En la actualidad, observamos un declive de los pilares simbólicos que históricamente han estructurado el comportamiento social. Aquellos marcos normativos que antes moderaban el deseo han sido desplazados por una cultura del exceso. Bajo esta lógica, las plataformas digitales actúan como motores del sistema económico, promoviendo una autorreferencialidad basada en la imagen y una búsqueda de satisfacción perpetua y permanente que nunca parece agotarse.
Hiperconsumo y narcisismo
Tres pilares sostienen el escenario social contemporáneo: la fragilidad de las identidades, el individualismo extremo y la falta de restricciones. Este modelo está emparentado con lo que Lacan formuló en su momento como discurso capitalista, donde el sujeto queda subordinado a una demanda mercantil incesante que prioriza el acceso ilimitado a objetos. La sociedad actual se consolida como un espacio de permisividad absoluta, donde el consumo desmedido es la norma.
La incapacidad del registro simbólico para ofrecer referentes sólidos ha provocado una crisis en el sujeto contemporáneo. El debilitamiento de esta estructuración simbólica se manifiesta en una erosión de los vínculos sociales, propia de una época donde la desidia, el hastío y la enajenación surgen como mecanismos defensivos ante la falta de marcos contenedores.
Lo antedicho da lugar a fenómenos que impactan en campos clave de la sociabilidad, tales como el amor y las relaciones entre los sexos. Particularmente el sexo se erige como uno de los principales ámbitos de manifestación del hiperconsumo, en consonancia con una dinámica de la economía del libre mercado: competencia, rapidez, desempeño, etc. Asistimos a una época de consumo y descarte. En este sentido, el mercado se posiciona como un gran nomenclador, donde el ser es reemplazado por el tener objetos o incluso la representación del sí mismo se constituye como moneda de cambio, rompiendo lazos y aislando a los individuos.
En este punto, hay que marcar una diferencia principal entre la sociedad disciplinaria del siglo XX y el neoliberalismo del siglo XXI, particularmente en la conceptualización del consumo: se transita de una cultura de la prohibición (o reglamentación) a una de la abundancia ilimitada, donde la acumulación de objetos y experiencias salta al primer plano. Se normativiza un exceso que no encuentra una tramitación acorde.
En el régimen neoliberal el poder (“tu puedes”) no ejerce la represión sino una seducción dilemática, convirtiendo al sujeto en un empresario de sí mismo, totalmente libre de oprimirse y auto-explotarse en pos de ser su propio jefe. Cada cual deviene así amo y esclavo de sí mismo, lo que desencadena una lucha interior. De este modo, la agresión, sustento de una posible tramitación del exceso hacia afuera, deja paso a una autoagresión que engendra una autoexigencia sin límites.
Las redes sociales como herramienta del capital
El corrimiento del estado - como instancia tanto simbólica y política - por el avance del neoliberalismo, en interrelación con la caída del significante del nombre del padre, han profundizado en la declinación de modelos identificatorios tradicionales, lo que ha tenido su impacto en la proliferación de discursos alternativos (verdades alternativas, posverdad), expresadas y masificadas en la era de las redes sociales.
Lo antedicho ha tenido un impacto no solo a nivel dialéctico sino también en lo referente a la imagen. El filósofo Han habla de una “sociedad de la transparencia”, donde el sujeto se desnuda; muestra todo de sí, sin que haya una demanda externa explícita, haciendo parte voluntaria de un panóptico digital, que incurre en la ilusión de que todo se puede ver. Surge así la utopía de una conexión total, sin límites, narcisistica, tendiente a un régimen extremadamente individualista que hace juego a una autoexplotación del sí-mismo y de la propia imagen. Este sistema promueve un aislamiento - que se precia ilusoriamente de estar conectado - el cual no es sin este encandilamiento narcisista que tiende a evadirse del otro, y sumerge al individuo en un mundo autoerótico, artificialmente autosuficiente. El estado de situación actual allana el camino hacia un falso proceso de individuación, con las redes sociales como un pilar fundamental que genera las condiciones de posibilidad para la mercantilización del sí mismo, en términos de objetos comercializables vía imágen.
De este modo, todo aquello que se consideraba privativo de lo singular, pasa a formar parte de un gran mercado libre, por el que fluye el capital a través de los cuerpos, sin restricciones. Jorge Alemán (2025) argumenta de manera precisa lo referente a esta conceptualización del uso de los cuerpos, al decir que: “En la explotación capitalista el cuerpo es abstraído como fuerza de trabajo para así adquirir un valor bajo la forma mercancía; la vida del cuerpo padece un violento ejercicio de abstracción impersonal en su devenir mercancía” (p.41). De este modo, y vía redes sociales, el individuo se hace tomar como puro valor de cambio, y queda atrapado en un presente perpetuo, desamarrado de cualquier legado histórico.
Efectos de época en la producción sintomática actual: las adolescencias como paradigma
¿Por qué la adolescencia es el momento vital privilegiado en el que se presentan los denominados “síntomas actuales” de esta era del capitalismo? La pérdida de vigencia de insignias históricas ha precipitado una transformación de las familias, marcada principalmente por la erosión de lo que históricamente representó el padre como función, en tanto marco delimitador. En este sentido, el arquetipo de parentesco se ha ido modificando, más allá de lo representable. Actualmente, la realidad de muchas familias subraya la brecha existente entre el padre como entidad real y su función simbólica, que históricamente desempeñó en el inconsciente colectivo una función reguladora, estableciendo marcos normativos.
Durante la transición adolescente, el sujeto requiere de insignias y emblemas provenientes del Otro para consolidar cierta estructuración psíquica. La función paterna era, en este sentido, referenciable en términos de la delimitación de un horizonte simbólico que marcaba un camino prefigurado. A partir de lo que llamaremos la caída de la función paterna, la inestabilidad del orden simbólico contemporáneo ha dado paso a un vacío identitario. La falta de un marco de referencia posible fue dando lugar a una vacancia subjetiva, que conflictúa el tránsito por este periodo de metamorfosis subjetiva que es la adolescencia.
En esta línea planteada, se observa un desplazamiento de la sintomatología clásica hacia una clínica del desborde y la acción directa sobre el cuerpo. Al no poder simbolizar o tramitar la sobreestimulación externa de las crecientes demandas de este período histórico, muchos adolescentes experimentan sensaciones de desamparo, que precipitan en estados de indefensión. Estos fenómenos, cuando se exteriorizan, en muchos casos se presentan al modo de urgencias subjetivas dado que, al no articularse un mecanismo psíquico de elaboración sintomática, el individuo queda a merced de episodios de agitación y desmesura pulsional desbordante, que se expresan desembozadamente. En este sentido, las manifestaciones anteriormente descritas dan cuenta de una conflictiva social que deja ver una sociedad rota, en términos de un lazo social absolutamente intervenido y viciado por la lógica mercantil imperante.
En la actualidad, el período de las adolescencias expresa este estado de cosas como ninguna otra etapa vital. Los síntomas actuales que se despliegan en esta fase abarcan un abanico de diversas variables. Por un lado, están las actuaciones sobre el cuerpo, tales como los cortes (cutting), que son intentos fallidos, al modo de impulsiones, que buscan la tramitación de un exceso de tensión que se percibe como angustiante e imposible de simbolizar. Cabe destacar que tanto las autoagresiones como la violencia “hacia afuera” actúan como el último recurso de un sujeto que, ante la imposibilidad de poner en palabras su sufrimiento, recurre a la acción directa y disruptiva. Por otro lado, la anorexia y la bulimia.
Siguiendo la perspectiva psicoanalítica del autor Recalcati, la bulimia puede entenderse como una expresión epocal que representa el ciclo infinito de la sociedad de consumo: llenado voraz (compra/ingesta) y vaciamiento inmediato (purga/obsolescencia), para volver a empezar. El sujeto bulímico queda atrapado en una inercia donde el objeto (la comida) no sacia, solo tapa el vacío momentáneamente, sin un procesamiento posible. El caso de la anorexia es distinto.
Haciendo eco de la enseñanza de Lacan (seminario 4) el síntoma anoréxico puede ser pensado como modo de existir. En este sentido, no se trataría de un "no comer", sino más bien de un "comer nada", como una forma de rechazo al Otro epocal, en términos de una forma de decir "No" a la oferta infinita. El rechazo del alimento en la anorexia, si se lo interroga, puede ser entendido como un intento de preservación de un espacio propio, frente a una cultura que intenta colmarlo todo.
Estos cuadros, en ocasiones, se alternan con conductas evasivas, las cuales funcionan como anestesia al vacío significante imperante y también se erigen como satisfacciones sustitutivas y circunstanciales. Sin ir más lejos, el aislamiento propiciado por las nuevas tecnologías de la ¿comunicación? tales como las redes sociales, se figura como un refugio defensivo frente a la angustia que supone el lazo social, mientras que, por otro lado, el imperativo de felicidad y estética que promueven justamente estas redes, empuja a muchos jóvenes hacia estados depresivos por no estar a “la altura”.
Conclusiones
Ante lo expuesto, queda pensar e indagar desde el psicoanálisis en modos posibles de abordaje para este tipo de problemáticas actuales. Uno de los grandes dramas es la ausencia de padecimiento subjetivo o el padecimiento mudo, lo cual no permite una tramitación armónica de los conflictos emocionales, y genera que, al no poder expresarse el sufrimiento, ocurran impulsiones del estilo de actings o pasajes al acto.
A partir de lo expuesto surge un interrogante clínico claro: ¿Cómo armar algún tipo de demanda de tratamiento? La falta de implicación subjetiva en la población en general y en las adolescencias en particular, se contrapone con la posibilidad de hacer(se) lugar e intervenir frente a estas problemáticas. Se tratará entonces de analizar y trabajar los modos de acercamiento a la consulta, en pos de la construcción de un relato posible que apacigue y de letra a lo que el cuerpo grita.
Germán Yañez. Licenciado en Psicología (UBA). Especialista en Psicología Clínica (Ministerio de Salud de la Nación). Experiencia institucional pública en el Centro Nro 3 Ameghino, el Hospital Gutiérrez y el Hospital Durand. Colaborador docente en la práctica profesional “Clínica en la emergencia” (UBA, 2023)